16.1.18

Eliot total en EC

T. S. Eliot.
Traductor José Luis Rey
Visor. Madrid, 2017. 1145 páginas. 

Desde que publicó La tierra baldía en 1922, annus mirabilis (el del Ulise Trilce) los lectores y la crítica reconocen a Thomas Stearns Eliot (1888-1965) como padre fundador de la poesía moderna. Había nacido estadounidense en Saint Louis, Missouri, en una familia acomodada. Tras pasar por las aulas de Harvard, viajó como dandy a París (para entonces ya había descubierto a los simbolistas gracias a la antología de Symons, en especial a Laforgue y su vers libre, del que se confesó “enganchado”) y Reino Unido, donde llegó en 1914 y residió el resto de su vida. Se nacionalizó británico en 1927. Se definió como “clásico en literatura, conservador en política y anglocatólico en religión”. En 1948 le concedieron el Nobel y su fama quedó consolidada. No sólo por su faceta de escritor, sino también por la de crítico, uno de los más influyentes y brillantes del siglo XX, y la de editor, en Faber & Faber, después de abandonar Lloyd’s Bank. Precisamente en esta editorial londinense se publica en 2015 The Poems of T. S. Eliot, donde sus editores, Christopher Ricks y Jim McCue, fijan el canon definitivo de la poesía eliotiana.
En España se hizo con los derechos Visor, que puso en manos de José Luis Rey la traducción de tan magna empresa. Ya antes se había enfrentado, también para la casa madrileña, con la poesía de Dickinson (tarea que dedicó, como esta, a su madre “que me enseñó inglés cuando era niño”). Continúa una larga lista de poetas traductores de Eliot que incluye a León Felipe (su versión de Los hombres huecos es de 1931, el año siguiente al de la primera edición española de La tierra baldía, de Ángel Flores), Muñoz Rojas (que lo trató en Londres), Vicente Gaos (de 1951 es la primera edición de sus Cuatro cuartetos), Agustí Bartra, Gil de Biedma (que vertió sus ensayos), Claudio Rodríguez (cuyas versiones permanecen inéditas), José María Valverde (que publicó a finales de los setenta en Alianza Poesías reunidas), José Emilio Pacheco (del que rescata, la misma editorial, su edición de Four Quartets), Esteban Pujals, Juan Malpartida, Jordi Doce, Felipe Benítez Reyes, Juan Bonilla… Aun no siendo poeta, es justo destacar las traducciones de Andreu Jaume.
El volumen bilingüe está estructurado de la siguiente manera: al breve pero elocuente prólogo de Rey, le siguen los libros y otros poemas en orden cronológico. Prufrock y otras observaciones (1917), Poemas (1920), La tierra baldía (1922), Los hombres huecos (1925), Miércoles de ceniza (1930), Poemas de Ariel, Poemas inacabados, Coriolano (1931), Poemas menores, Coros de ‘La Roca’, Cuatro cuartetos, Versos de ocasión y Poemas sueltos. Se incluye La tierra baldía: reconstrucción editorial, esto es, una versión del libro anterior a la poda que hizo en el original el poeta Ezra Pound.
Si importante es el corpus poético de Eliot (que los lectores españoles conocíamos sólo en parte), no le anda a la zaga, en lo que a esta ejemplar edición respecta, los Comentarios que le acompañan. Ocupan 433 páginas y recogen las apreciaciones del poeta sobre su obra tomadas de diversos libros, textos, artículos, testimonios, entrevistas y correspondencia. Es un festín, entre exhaustivo y abrumador, para los lectores, que encontrarán allí miles de claves acerca de sus versos, los de un poeta sin duda complejo, y otras tantas lecciones acerca de la poesía que muestran a las claras su perspicacia crítica. Y su absoluta modernidad, cabe añadir, pues que al tiempo que escribe sus poemas es capaz de reflexionar con lucidez sobre su labor.
De su ópera prima, Prufrock (como él la llamaba), tras una paciente espera de años y el incondicional apoyo de su “defensor”, el citado Pound (al que conoce en 1914), se vendieron 357 ejemplares. Vino después Poemas y, por fin, el libro que acaso mejor le describe y por el que, ya se dijo, consiguió un lugar principal en el parnaso. Las interpretaciones sobre ese permanentemente novedoso poema no han dejado de crecer. “Para mí supuso solo el alivio de una personal y totalmente insignificante queja contra la vida; no es más que un trozo de rítmico lamento”, atajó Eliot. Cualquier lector en lo primero que se fija cuando tiene en sus manos una nueva edición es en cómo se traduce el primer verso. Para Rey: “El mes más cruel es abril”.
De la importancia que tuvo Pound en la versión definitiva (que aquí se puede contrastar) ya se ha hablado bastante, así como de la pertinencia o no de las “Notas” que incluye. El asombro, sin embargo, no cesa. Su poética puede resumirse en esta frase: “Si uno quiere decir algo que no haya dicho antes, uno ha de encontrar una nueva manera de decirlo”. Y eso hizo. Consiguiendo, como quería, que un poema extenso sea “tan interesante como una historia detectivesca”. En aquel tiempo, ya había aprendido las reglas para poder romperlas, no buscaba la novedad ni intentaba hacer algo que ya se había hecho.
Eliot tuvo dos almas poéticas claramente representadas por sus dos libros más significativos: La tierra baldía y Cuatro cuartetos. No fue, así, el autor de un mismo libro. Si en el primero prima la experimentación y la búsqueda, en el segundo, según Malpartida y Doce, se expresa “el poeta del renacimiento cristiano”, más conservador, espiritual y meditativo.
En la poesía española contemporánea, los partidarios de uno u otro forman, digamos, dos frentes que no dejan de representar dos maneras distintas de concebir el hecho poético.
Aun reconociendo la absoluta maestría de estas obras, la elegancia eliotiana (que Rey consigue transmitir en castellano) está también en sus poemas menores (“Paisajes”), en sus versos de ocasión  (“Dedicatoria a mi mujer”) y en los sueltos (con poemas eróticos dignos de un puritano).
“No es un libro para cualquiera ni es un libro para leer, sino para hundirse y resucitar en él”, dijo Azúa de los cuartetos, algo que se me antoja extrapolable a este volumen, su “mundo completo”, un hito en la incesante recepción de la obra de Mr. Eliot en España.

Nota: Esta reseña del primer volumen de las poesías completas de Eliot se publicó en El Cultural el pasado viernes, 16 de enero.

15.1.18

Adiós a Pablo García Baena




















En Córdoba. Hace catorce años, en noviembre de 2004. Más que conocer al hombre -un regalo, sin duda, de la vida-, nuestra suerte ha sido poder leer su poesía y ésta no ha muerto con él
Se ha ido en silencio, a los 96, discretamente, cómo si no, el último de Cántico. Entrégame en tus labios, amor, muerte, tu edén, escribió al final de "Narciso". 

13.1.18

Una obra abierta

En el (re)surgimiento cultural que tuvo lugar en Extremadura a finales del siglo pasado, un hecho singular e inédito en una tierra tradicionalmente tomada por la incuria, se conjuraron, como es lógico, distintos factores. Por un lado, la recién estrenada Autonomía y la aprobación de su Estatuto. Y ahí, la presencia de un presidente y de unos gobiernos que situaron entre sus objetivos políticos fundamentales el desarrollo de la cultura en sus diferentes ámbitos. El de la lectura y las bibliotecas, por ejemplo, una prioridad entonces ineludible. O, ya en el territorio artístico, con la creación, pongamos por caso, del Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC). Si bien lo público fue (y sigue siendo) garante de nuestro progreso en materia de cultura, no es menos cierto que, aunque pequeña, la iniciativa privada también ha contado (y cuenta) en esa paulatina transformación, ralentizada en los últimos años a consecuencia de la crisis, sin duda, pero también por un cambio de perspectiva en lo que a las preferencias respecta. No deja de ser loable que en una región pobre, y no sólo en lo material, se haya trabajado con tanta firmeza a favor de la cultura.
Uno de los proyectos que contribuyó a consolidar en el resto de España nuestra normalización cultural surgió aquí, en Plasencia, una pequeña y levítica ciudad de provincias, de la mano de una de aquellas Cajas de Ahorros y Monte de Piedad de feliz memoria, con el mismo nombre del lugar donde nació, reconvertida más tarde en Caja de Extremadura. Me refiero al Salón de Otoño, que toma su rótulo del famoso Salon d'Automne fundado en París por el belga Jourdain en 1903 y que dos años más tarde conseguía su primer éxito gracias a una exposición que dio a conocer el fauvismo; un ismo con Matisse a la cabeza. Más allá del guiño histórico, sin pretensiones y con la debida modestia, el Salón placentino fue creciendo desde lo local hasta lo universal, que es el camino que suelen tomar las empresas destinadas a permanecer en el tiempo. Dije humildad, algo que no está reñido, téngase en cuenta, con la necesaria ambición que, como a nadie se le oculta, debe estar basada en el rigor. Y en el criterio, claro está. Para llevar a cabo sus fines, y porque el formato del Salón era de concurso, los competentes organizadores (con Santiago Antón al frente) contaron con sucesivos jurados que fortalecieron su prestigio y supieron seleccionar excelentes obras ganadoras. Nombradía avalada con una generosa dotación económica, tanto para premiar las citadas obras como para adquirir otras que, si bien no consiguieron la más alta distinción, sí gozaban de la calidad necesaria. Este es un asunto capital a la hora de comprender el alcance de cuanto ahora se pretende con la creación de un Centro de Arte Contemporáneo en el que, además de reunirse los fondos a que aludo (propiedad de la Fundación Bancaria de la antigua Caja, ahora Liberbank) en una exposición permanente, se persigue impulsar el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, de la pintura a la escultura pasando por el vídeo o la fotografía. Defienden sus promotores, que su función principal no será, en consecuencia, “la de legitimar obras o artistas ni, tampoco, la de hacer o adelantar el juicio de la historia, pues lo que distingue a este tipo de centros de los museos es su irrenunciable tarea de incentivar y difundir la creatividad artística de nuestro tiempo. Ni un museo ni, menos aún, un centro de arte contemporáneo se deben concebir como meros contenedores de obras de arte, sino lugares de producción y generación de propuestas de creadores actuales como de investigación y estudio de las prácticas artísticas contemporáneas. Es, pues, necesario un concepto dinámico de museo basado en el tejido social que lo sustenta, comprometido con la información y la educación sobre los lenguajes y discursos contemporáneos, y que esté en continua comunicación con otros tipos de instituciones culturales”. Este trayecto habrá de ir otra vez de lo particular, Plasencia (de ahí la importancia de que sea el Ayuntamiento de la ciudad quien, tras un primer impulso de la sociedad civil, tome las riendas), hasta lo general, sin poner límites o fronteras a este concepto. Si por algo se caracteriza el arte moderno es por su condición de “abierto”, en el sentido que dio al término Umberto Eco en su libro Opera aperta. Obra abierta, sí, porque las interpretaciones de ese cuadro, escultura o imagen son múltiples, tanto o más para el espectador que la contempla que para quien la concibió, bajo una determinada concepción, en origen. “La obra de arte es un mensaje fundamentalmente ambiguo, una pluralidad de significados que conviven en un solo significante”, escribió Eco. “Obra abierta como proposición de un campo de posibilidades interpretativas, como configuración de estímulos dotados de una sustancial indeterminación, de modo que el usuario se vea inducido a una serie de lecturas siempre variables”. Y seguía: “De aquí la posibilidad –por parte del usuario– de escoger las propias orientaciones y los propios vínculos, las perspectivas privilegiadas por elección, y entrever, en el fondo de la configuración individual, las demás identificaciones posibles. (…) De aquí la función de un arte abierto como metáfora epistemológica: en un mundo en el cual la discontinuidad de los fenómenos puso en crisis la posibilidad de una imagen unitaria y definitiva, ésta sugiere un modo de ver aquello en que se vive, y, viéndolo, aceptarlo, integrarlo a la propia sensibilidad”.
Como se destaca en el proyecto concebido por Santiago Antón, Julio Pérez, Sebastián Redero, Gonzalo Sánchez-Rodrigo, Esther Sánchez y Juan Ramón Santos, la creación del Centro de Arte Contemporáneo de Plasencia dotaría a esta ciudad de un espacio cultural “donde se expondría de forma permanente una colección de fondos artísticos procedentes de la Fundación Bancaria Caja de Extremadura. Se favorecería, además, una actividad multidisciplinar en torno a las artes plásticas y el acceso a las nuevas formas de expresión artística, completándose con exposiciones temporales e individuales. La programación sería transversal e integrada dirigida a todos los públicos para conectar con los visitantes y, por encima de todo, crear y fomentar hábitos de consumo cultural, un reto difícil y a largo plazo”. Para ello, se propiciaría la promoción y organización de actividades paralelas, entre ellas un programa educativo, talleres, cursos y jornadas de debate, así como la apertura de una biblioteca-centro de documentación.
Resulta chocante que entre la ciudad de Cáceres, donde se ubica el Centro de Artes Visuales Fundación Helga de Alvear, y la de Salamanca, donde está el DA2 (Domus Artium 2002), no haya ningún centro de arte contemporáneo digno de mención. Más si tenemos en cuenta la extensa vocación cultural de la ciudad del Jerte. 
Con no ser poco, la exposición Trazos del Salón. Una obra abierta pretende ser mucho más que la simple muestra de unas obras dignas de ser disfrutadas. Aspira a poner la primera piedra de un edificio artístico basado en la excelencia. A echar redes. A abrir una de esas simbólicas puertas que a uno se le antojan dibujadas por Salvador Retana en el logo del proyecto. Un Centro en la periferia, que hace mucho que dejó de ser esa parte alejada donde reina el desierto.

Nota: Este texto figura en el catálogo de la exposición Trazos del Salón. Una obra abierta que se inauguró ayer con gran afluencia de público y que puede ser visitada hasta el 28 de enero en el claustro alto del Centro Cultural Las Claras de Plasencia. 

12.1.18

Ángel González, 10 años

Pinterest
El Cultural rinde homenaje al poeta Ángel González en el décimo aniversario de su muerte. Para ello han pedido a algunos poetas que escojan su poema preferido, lo lean (se pueden escuchar, claro, esas grabaciones) y lo comenten. El resultado se titula "9 voces para Ángel González". La selección se publica en la página web de la revista, no en papel, así como un artículo que me pidieron para la ocasión y que he titulado como el famoso verso del autor de Palabra sobre palabra, "Para que yo me llame Ángel González" (el poema elegido por Raquel Lanseros).

Se cumple, ay, el décimo aniversario de la muerte de Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008) y, contra todo pronóstico, tenemos la sensación de que ni él ni su poesía ha pasado por el acostumbrado trámite del purgatorio, ese silencio ominoso en el que suele incurrir cualquier poeta una vez muerto. Tal vez porque vuelven a correr tiempos de lírica clara (“Para mí la poesía no es oscuridad, sino todo lo contrario: claridad, significación potenciada”). O porque la suya es tan intemporal como la de cualquier clásico.
Sus amigos, quienes le trataron (fue un hombre propenso a la amistad), lo recuerdan como melancólico, triste y hasta pesimista, pero al mismo tiempo, paradójicamente, alegre y vital. “Nunca he conocido a un poeta que se pareciera tanto a sus poemas como Ángel González”, dijo Luis Muñoz, quien añadía: “Había en él la misma proporción de dignidad y sencillez, de humor y de pudor, de inteligencia y despojamiento que en sus poemas, un equilibrio difícil, como todos los equilibrios, que él llevaba con naturalidad y con una especie de vitalismo escéptico”. No debió resultarle sencillo remontar la memoria de un niño que pierde a su padre a los dos años, a un hermano fusilado en la Guerra Civil (que mandó al exilio a otro) y a una hermana, Maruja, represaliada por lo mismo y destinada a Páramo del Sil, un pueblo perdido en la montaña leonesa del Bierzo donde el poeta convaleció de una tuberculosis, lo que está en el origen de su vocación poética. Al lado, en la aldea de Primout, llegó a ejercer fugazmente como maestro de escuela (había estudiado Derecho y Magisterio, una tradición familiar). A su lado, es verdad, siempre estuvo su madre, María Muñiz, a la que dedicó “Primera evocación”, que empieza: Recuerdo bien a mi madre. / Tenía miedo del viento…
Tampoco sería fácil compaginar su labor literaria con la de funcionario del Ministerio de Obras Públicas, donde trabajó desde 1954 hasta 1972. Un año después, eso sí, daba un salto decisivo en su vida y se marchaba a enseñar a Albuquerque, en Nuevo Méjico, Estados Unidos, de donde iba y venía en sus últimos años, hasta que el corazón dijo basta. 
Como a Luis Landero y Félix Grande, le tentó la guitarra (no flamenca), un instrumento de lo más adecuado para alguien al que le gusta cantar (boleros y rancheras, por ejemplo) y, tanto o más, el alcohol, el tabaco y la noche. Su excepcional generación, la del 50, ha pasado a la historia como una de las más bebedoras de cuantas se recuerdan. A ellos (Gil de Biedma, Barral, Goytisolo, Claudio Rodríguez, Caballero Bonald, etc., los de la famosa fotografía del 59 en Collioure) les unía no sólo esa afición, sino también similares ideas políticas y literarias. Porque Franco gobernaba, le tocó practicar una “poesía crítica”, como él denominaba a la “social”, donde nunca faltó el imprescindible rigor. Se ayudaba de la ironía, arma de la inteligencia llamada a neutralizar la indeseable solemnidad. Tomó como maestro a Machado (“Esta idea de conjugar la intimidad con la Historia, el conocimiento del yo con la reflexión colectiva, lo privado con lo público, es el principal nexo de unión entre la poética de Ángel González y la de Antonio Machado”, según Xelo Candel). Y a César Vallejo. Y ya que hablamos de maestros, bueno será mencionar la influencia que tuvo en la Generación de los 80 o de la Democracia, la de sus nietos (fue santo tutelar de los poetas de la experiencia), y lo duro que fue (en un artículo publicado en Cuadernos del Norte, pongo por caso) con los Novísimos, sus hijos. Que el poeta Aníbal Núñez, uno de estos, le tuviera en un altar siempre me pareció, por cierto, un hecho significativo.
Y todo para construir –que es lo que importa, por lo que sigue vivo– una poesía de tono cercano y coloquial (“leer es conversar”), narrativa, natural y clara. Dijo una vez: “En el fondo, la poesía no es más que una forma de decir, una peculiar manera de hablar”. Y, citando a Miłosz: “La poesía es una apasionada persecución de lo real”.
Sus versos están reunidos en Palabra sobre palabra, que publicó Seix Barral en 2005, aunque luego llegara Nada grave, obra póstuma de 2008. Allí están, entre otros, sus libros Sin esperanza, con convencimiento, Tratado de urbanismo, Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan y Otoños y otras luces.
No fue un hombre de premios, por más que su ópera prima obtuviera un accésit del Adonais y le concedieran galardones tan notables como el Príncipe de Asturias o el Reina Sofía. Mereció el Cervantes.

11.1.18

Una exposición (y más)


Tanto el diario HOY como El Periódico Extremadura se hacen eco de la noticia. También la Cadena SER. Una estupenda noticia, por cierto, no sólo para los placentinos y para Plasencia. Algunos esperamos que sea el primer paso para conseguir el Centro de Arte Contemporáneo que esta ciudad necesita y merece, a partir de los fondos del antiguo Salón de Otoño y de su secuela, Obra Abierta. Fondos que, conviene recordar, obran en poder de la Fundación Caja de Extremadura. Pronto publicaré aquí el texto que he escrito para el catálogo.

9.1.18

Aramburu dixit

EFE
"Yo también, como Camus y como tantos otros, soy en el fondo un cristiano de la vida cotidiana, uno que sin creer en Dios, convencido de lo absurdo de la existencia, aún confía en la hermandad de los hombres y en el hecho de que la bondad es una forma de la sabiduría y no necesita, por tanto, de recompensas finales, puesto que ella misma ya es el premio".
"La escritura, junto con la lectura, sostiene mi vida".
"Yo escribo en cualquier lado. El otro día me levanté un artículo completo en la vuelta de Nueva York a Fráncfort: me pido un vino tinto, saco mi ordenador diminuto y me aíslo de todo; ya puede haber turbulencias, que yo saco mi porción de trabajo. Me acostumbré cuando me dedicaba a la docencia; entonces no disponía de todo el tiempo para escribir y aprovechaba los ratos sueltos. He desarrollado esa técnica para aislarme por mucho ruido que haya".
Estas palabras han sido tomadas de un artículo de Juan Cruz (El País) y de una conversación del escritor vasco con P. Unamuno (El Mundo). Cobran más sentido tras conocer que Aramburu está a punto de publicar un nuevo libro (sale a la venta el día del cumpleaños de Y., el 27 de febrero), Autorretrato sin mí, donde se mezclan la autobiografía y la prosa poética, de ahí que vaya a aparecer en la colección Nuevos Textos Sagrados de Tusquets. Una feliz noticia.

7.1.18

Balance

El Periódico
Que las vacaciones, duren poco o mucho, se pasan volando es un tópico que no hace falta comentar. Ni es preciso ser Bergson para darse cuenta. Las de uno han sido, en general, apacibles. Por navideñas, sujetas a los lugares comunes que todos conocemos. Que gozamos y sufrimos, quiero decir. Familiares, amistosos, gastronómicos, afectivos... Mis propósitos lectores, por ejemplo, han quedado en poco. Al final, entre brumas y veras, que diría el otro, he disfrutado con unos pocos libros. Así, las dos últimas entregas de Palabra de HonorUn asombroso invierno, del mejor Joan Margarit (con poema dedicado al extremeño José Antonio González-Haba y un puñado de versos de amor, desde la senectud, memorables) y A puerta cerrada, de Luis García Montero, donde el lobo se convierte en inquietante presencia simbólica; Dibujar una isla, de Verónica Aranda (Los Versos de Cordelia), un precioso e intenso viaje por Grecia donde la luz lo mismo ilumina el deseo que el desamor, el mar que el paisaje; Del fruto que arde, de Luis Llorente, en La Garúa, en el que el poeta segoviano ahonda su discurso meditativo y se confirma como uno de los poetas jóvenes más interesantes del panorama; y Fragmento para un réquiem, de Alberto da Costa e Silva, un espléndido poeta brasileño que nos descubre el también diplomático Luis María Marina, un hombre empeñado, ya se ve, en trazar un raro canon, tan personal como certero, de la poesía en portugués. También me ha acompañado, y aún sigue haciéndolo, Curvas de nivel, de Jordi Doce. La Isla de Siltolá ha tenido el acierto de reeditar este libro de 2005 que ahora, debidamente ampliado, reúne artículos -escritos entre 1997 y 2017- donde la crítica y el análisis se complementan con el diario y la crónica. De sus años ingleses (fue corresponsal, un decir, de la revista Cuadernos Hispanoamericanos). Incluye, además, una amplia galería de retratos de autores y enjundiosos textos y breves ensayos en los que Doce vuelve a demostrar su capacidad de indagación, su lucidez y su inteligencia en materia literaria. Una obra, sí, necesaria que completa su labor poética, aforística y de traducción. 
Pero no todo ha sido leer. Precisamente porque estaba uno saturado de lecturas he visto algunas películas que tenía pendientes. Paterson, pongo por caso, que no me ha decepcionado (poesía sobre la poesía con William Carlos Williams al fondo), Nebraska, Lady Macbeth, un par de Woody Allen (entre ellas, Irrational Man)... 
El deseo de Yolanda por ver la iluminación de Guadalupe (premiada por Ferrero Rocher) y la de mi hijo Alberto por comer de nuevo las sabrosas morcillas del lugar nos llevaron a los tres hasta ese bello y remoto rincón de Extremadura. Cuesta llegar, a qué negarlo, pero a uno no le cansa volver. Ni mirar una y mil veces el monasterio con aires de fortaleza donde se conservan, entre otras maravillas, obras de Zurbarán
Árbol del Monasterio
Nuestro amigo Nica ya nos había recomendado comer en la Hospedería, y bien que hizo. Allí coincidimos con la numerosa familia de los Fernández Gómez (de Ibahernando, primos de los Cercas), que acostumbran a celebrar una multitudinaria comida navideña en ese afamado restaurante. Saludé a Chano al tiempo que me llegaban desde Plasencia noticias de un buen amigo común: Josemari Lama. Una de sus hermanas, a nuestros postres, me invitó a dedicar en un modesto trozo de papel algunas palabras a los suyos, para su colección de recuerdos, trámite que cumplí como mejor pude entre la gratitud y el sofoco.
Tras algunos paseos (bajo la lluvia) y unos cafés en el Parador (donde volvimos a recordar otra estancia, aquella con nuestro añorado Castelo), acudimos a la plaza para asistir al esperado momento del encendido que nos pilló a todos con un ¡oh! en la boca. Calle abajo, bajo el Arco de Sevilla, nos encontramos con nuestro querido paisano Urbano García, director de la televisión extremeña. Nos explicó que estaban a la espera de grabar en ese mismo sitio el Mensaje de Fin de Año del presidente Vara. Alguna perla del discursino (que suelta, nos explicaron, de memoria) ha dado bastante que hablar. 
Al día siguiente, el 29, presentamos en la hospitalaria Puerta de Tannhäuser la antología ilustrada de la Editora. Con el dibujante Esteban Navarro y Ramón Parejo, codirector de la colección "El Pirata". No conocía a Navarro en persona (su parecido con su padre era sorprendente) y bien podría haber conducido aquello él solo. Quiero decir que su locuacidad, su manejo del escenario, su conocimiento de la materia y algunas virtudes más que le adornan hubieran bastado. Con todo, tanto Parejo como yo (bastante cohibido, lo confieso) dijimos algunas cosas. Él de la colección y las sanas intenciones de acercar la poesía a los más jóvenes (escolares incluso) y uno ponderando el trabajo del ilustrador (línea clara sobre línea clara: sus dibujos y mis poemas) y leyendo unos cuantos del conjunto (que Navarro se ocupó de que fueran debidamente jaleados por el público). Público formado por Yolanda y mis hijos (amén de Carlitos, uno más), familiares (mi hermano Fernando, mi primo Luisra y Flor, mi cuñado Rolando, mis queridos parientes Paco y Marci...), amigos (no nombro a ninguno para no olvidar a nadie), compañeros (Javier, Mireya), el alcalde Pizarro y dos concejales (Marisa Bermejo y José Antonio Hernández, un habitual de La Puerta), conocidos, saludados... Ah, y la poeta Irene Sánchez Carrón, que ya está corrigiendo las pruebas de nuevo, esperado libro. Echamos de menos a María José y Gonzalo, que, como buen matrimonio, se pillaron la fastidiosa gripe estacional al unísono. Habrá que ir tramitando la colocación de una placa en su sitio de costumbre donde (como la dedicada a Víctor Chamorro en la Hospedería de Hervás) se recuerde que ahí toma asiento el acreditado escritor. Y su esposa, añado.
Cañas a mediodía, comidas a todas horas, algunas conversaciones (con los Antón, sobre todo), pocas caminatas, una escapada a Salamanca (para la revisión ocular) y largas sesiones de sofá se han llevado por delante este paréntesis laboral donde, por Reyes, no han faltado regalos. Mañana, escuela.


5.1.18

Álvaro Valverde

Este artículo del periodista Juan Domingo Fernández se publicó ayer en el diario HOY, en su columna "Ruta abierta" y también en su blog "Gratis total".

Para mí los Reyes Magos se han adelantado este año con la pequeña antología poética de Álvaro Valverde ilustrada por Esteban Navarro que acaba de publicar la Editora Regional de Extremadura en su colección ‘El Pirata’. Pero no temas, mi buen Yorick, no voy a incurrir en la osadía de ensayar aquí ninguna crítica o reseña profesional entre otras razones porque ya lo ha hecho, –lúcidamente como acostumbra– el crítico y profesor Simón Viola en su blog de literatura ‘Notas al margen’. Tampoco incurro en exageración si digo que Álvaro Valverde es uno de los ‘grandes’ de la poesía española contemporánea, y me acojo, para revalidar mis palabras, al juicio de críticos literarios y antólogos tales como José Luis García Martín, Miguel García Posada, Luis Antonio de Villena, Juan Cano Ballesta, Andrés Soria Olmedo, Ángel Luis Prieto de Paula, José Enrique Martínez…; me acojo a la bibliografía selecta incluida en este pequeño volumen o mejor aún: al imperturbable testimonio de las hemerotecas desde hace treinta años.
De ahí que encuentre digna de aplauso la publicación de este libro para difundir entre los más jóvenes la obra de un escritor que se queda deliberadamente en su tierra y funda un ‘territorio’ poético que trasciende sin embargo lo personal y nos abarca a todos y al mundo. Lo expresa mejor Jordi Doce en su introducción a Álvaro Valverde ‘Un centro fugitivo’, antología poética (1985-2010) publicada por La Isla de Siltolá. Ahí puede leerse: «Desde la publicación de ‘Territorios’ en 1985, esta poesía se ha esforzado por dar testimonio veraz del paso de un hombre por el mundo. Un pasar en el que la conciencia y los sentidos tratan de aprehender cuanto parece apartarse o escapar de su camino, esto es, el tiempo mismo con sus limos y sedimentos». (…) «El prodigio de la poesía radica precisamente en esto. Que solo el poeta dotado de una voz y un mundo personales, distintivos, es capaz de hablar en nuestro nombre, mostrar en qué radica nuestra vida».
Me parece también un acierto que la antología se abra con ese poema que seleccionó José Luis García Martín en ‘La generación de los 80’ y en el que Álvaro Valverde parece fijar los límites de su paraíso cuando habla de: «Hojas de acanto y rosas, / una vieja piedra de molino y enramadas, / el suelo tejido de una hiedra fresca. / (…) Aquí, en el huerto sombrío / donde las horas son luz tamizada / y del limón aroma./ Hagamos de este lugar un territorio». Y cuyo revés, a modo de eco, percibo en el poema ‘Estela’, de ‘Ensayando círculos’, texto en cuyos versos finales resuena la musicalidad de la ‘Canción a las ruinas de Itálica’, de Rodrigo Caro: «Viajero que ahora pasas, / ten presente / que estas ruinas fueron / andamios una vez, / hombres silbando». La vida misma.
Yo no quitaría, claro está, ninguno de los poemas seleccionados pero hubiera incluido el ‘Entonces la muerte’ (4) de su libro ‘Desde fuera’, al que Fernando Aramburu (el autor de ‘Patria’) dedicó en el Suplemento de cultura ‘Territorios’ una página iluminadora que yo creo que vale por toda una galería de reconocimientos y premios.

Nota: La ilustración es obra de Esteban Navarro y pertenece a la antología. 

29.12.17

Los de 2017

El Cultural publica la lista de mejores libros de poesía del año 2017. A pesar de uno no es partidario de estas nominaciones, me alegra el resultado, que he conocido esta misma mañana tras comprar un ejemplar de la revista. Se acerca mucho a mis propias votaciones. Este año nos pidieron dos listas: la de libros españoles e hispanoamericanos (sólo se podían votar libros concretos) y la de poesía extranjera (donde se aceptaban poesías completas, reunidas y antologías). Otro acierto. Al final se han fundido las dos en una. Gana la poesía. La de Adam Zagajewski. Le siguen las de Piedad Bonnet y Robert Lowell. A continuación, en cuarta posición, la de la primera española: Marta Agudo. (La reseña de Historial ya fue enviada en su día al suplemento.) Cierra la lista, otra alegría, un espléndido libro de Guillermo Carnero. Dos mujeres de cinco, que no es poco. Bien está. Son libros importantes. Todos, poco importa el orden. Y, claro, ha habido muchos más. Uno hubiera votado con gusto el libro especular de nuestro compañero Irazoki, pero precisamente por eso no entraba en liza. 
Ah, en narrativa, dos extremeños: Landero y Cercas, en los puestos 5º y 6º de la lista. Bien, aunque me falta el fabulista Hidalgo Bayal

26.12.17

En INSULA

Hace unos meses, Arantxa Gómez Sancho, editora de INSULA, me invitó a participar en la sección En sus propias palabras que cierra los números misceláneos de la revista, en la contraportada. Esta es mi colaboración. Comento un poema de mi nuevo libro, el que le da título. Ha aparecido en el número 852, diciembre de 2017. Por cierto, mantengo las notas, aunque en el texto publicado al final no figuren. 

EL CUARTO DEL SIROCO

Cuenta Leonardo Sciascia
que en las casas patricias
de la vieja Sicilia
había, desde el siglo XVIII,
un cuarto del siroco.
En él se refugiaban de ese viento
los días que soplaba con más fuerza.
Uno quisiera
que en las horas peores de la vida,
cuando todo se vuelve violento vendaval
y las cosas se ocultan tras un velo de polvo,
existiera una estancia semejante.
Un lugar recogido, a modo de refugio,
en el que cobijarse
del triste pensamiento de la muerte.
Aunque sea inevitable,
como el de Racalmuto revelara,
que, antes de que se le note en el aire,
el siroco se nos clave en las sienes;
que antes de que se anuncie
ya se le sienta, sin remedio,
en las rodillas.


Hace ya mucho, en 1995, que leyó uno en Verines, con motivo de los Encuentros que allí propiciaba Víctor García de la Concha –aquel año bajo el rótulo “Creación y enseñanza literaria”– un texto titulado “El anhelo de leer (Breve informe sobre la enseñanza de la literatura)” [1] donde, entre otras cosas, intentaba explicar por qué el tradicional método del comentario de texto le parece a uno el más disuasorio para fomentar lo que tal vez pretenda, esto es, la lectura de poesía. Y todo, cabría resumir, por el mero hecho de que traslada al alumno, potencial lector, la perversa idea de que todo poema es un complicado (no digo complejo) artefacto literario susceptible de ser desmontado, un artilugio o un rompecabezas que nunca expresa lo que aparenta. Cabe precisar que me refiero al método entendido rígidamente, según los manuales al uso, y no en sentido laxo, como ejercicio sensitivo e intelectual que cualquiera hace cuando lee una composición poética. Traigo esto a colación porque me piden que comente uno de mis poemas y quiero advertir cuanto antes que no lo haré al didáctico modo. Añado de inmediato que esta breve glosa es la de un lector, por más que estos versos sean de mi autoría, lo que no me confiere, antes al contrario, mayor autoridad sobre la frágil materia que tengo entre manos. “El mejor lector es siempre otro”, ha escrito José Antonio Llera en sus diarios [2]. Intentaré ser coherente hasta donde ello sea posible y ofreceré alguna información complementaria de orden íntimo o personal (de taller, digamos) que acaso desvele alguno de los presuntos misterios que cualquier poema, si de veras lo es, encierra.
El poema elegido se titula “El cuarto del siroco” y da nombre al libro que publicará Tusquets Editores en su colección Nuevos Textos Sagrados. En esa colección, que dirige Antoni Marí, han aparecido mis cuatro últimos libros [3], si dejamos aparte Plasencias [4].
El escritor italiano Leonardo Sciascia cuenta en El caso Moro [5] que en las casas patricias sicilianas había una habitación donde las familias nobles se guarecían mientras soplaba el temible siroco, impetuoso viento del sudeste que atraviesa el Mediterráneo procedente de los desiertos del norte de África. Un viento que tanto me recuerda al violento levante gaditano que airea los lentos veranos de mi memoria conileña. O el que orea mi querido Tánger.
A “la torma moresca dei venti” se refirió Lucio Piccolo, el primo poeta de Giuseppe de Lampedusa, en su poema “Scirocco” y a esa camera alude, entre otros autores, Gesualdo Bufalino en varias novelas.
La stanza dello scirocco, en italiano, era un refugio que uno interpreta también como metáfora de la poesía. Y de la vida, que es lo mismo. No en vano el escritor siciliano se preguntaba si ese cuarto no existía para “defenderse del pensamiento de la muerte”.
El novelista Luis Landero, de esta suerte de Sicilia sin mar llamada Extremadura, dejó dicho en El balcón en invierno que los libros son “los mejores y más seguros escondrijos”. Sí, “nada como esconderte en un libro”.
Desde la adolescencia, uno ha encontrado en el ejercicio de leer y de escribir versos la pasión y el consuelo necesarios para afrontar las sucesivas rachas que el viento furioso de la existencia bate contra cualquiera. Como quien, “en medio de la desolación” –diría Ricardo Piglia–, construye “pequeños resquicios para evitar la tormenta”; como alguien que “edifica, absurdamente, murallas”. Ojalá mis poemas sirvan también a sus presuntos lectores siquiera como precario cobijo ante la adversidad. Poemas como éste, del que intento, ya se dijo, comentar algo sin impertinente afectación. Por breve habrá de ser, y no por el escaso espacio que Insula me tiene reservado o por mis escasas dotes de perspicacia, sino porque el poema, me temo, se explica por sí solo, y hasta de sobras, siquiera sea porque uno es un declarado defensor de los poetas “que se hacen entender” y de la poesía que no juega la baza del hermetismo y la oscuridad, menos si es arbitraria.
Como descriptivo podría definirse. Al menos en lo que respecta a sus siete primeros versos. Ya expliqué de dónde vienen. A partir de ahí es uno quien toma la iniciativa y, vuelvo sobre lo dicho, entabla una comparación entre ese cuarto de los palazzi palermitanos y la poesía entendida como bálsamo para el espíritu. Pero, porque no hay alma sin cuerpo, evito omitir, ya al final, esa observación sobre el dolor, que, en el caso del siroco, relaciono, de la mano de Sciascia, con las sienes y las rodillas.
Por lo demás, no hace faltar recalcar el tono narrativo y hasta conversacional de este poema ni detenerse demasiado en la métrica y el vocabulario. Enemigo de la rima, que he usado en contadísimas ocasiones, nunca he evitado la medida; de versos pentasílabos, heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos, que son, por cierto, los que más empleo.
Desde que la leí, y en lo que a las palabras utilizadas concierne, he hecho mía esta afirmación de mi paisano Javier Rodríguez Marcos: “Por lo que a mí respecta, he de decir que cada vez me da más vergüenza usar en los poemas palabras que nunca usaría en una conversación” [6].
Mi amigo Ángel Campos Pámpano tituló uno de sus libros Siquiera este refugio, palabras tomadas de una canção del portugués Luís de Camões: Sequer este refúgio. De eso al cabo se trata. Sobre todo, para huir del “triste pensamiento de la muerte”, lo que me lleva a mencionar una de mis obsesiones favoritas, inevitable, según creo, en la poesía (y en la vida): la de la muerte, haz y envés, un motivo que no ha dejado de asediarme desde que tengo conciencia y, más aún, desde que empecé a escribir poemas para intentar comprender y comprenderme, como vía de conocimiento. Por eso señalo otra característica propia de cuanto he escrito: la melancolía. Según el adagio de Wallace Stevens, “la poesía es una forma de melancolía”. A diferencia de otros poetas que la entienden como celebración de la vida y que, en consecuencia, escriben versos hímnicos y dichosos, uno, en esta época de búsqueda desesperada de eso que llaman felicidad, reivindica el pesimismo y la tristeza como fundamentos de la suya (“Es triste por naturaleza el ser humano”, sentenció Szymborska) y, así, asume la fatalidad de dar a la imprenta versos elegíacos y hasta dolientes. Y todo, tal vez, porque, como dejó dicho César Simón, ser poeta es al fin y al cabo “una cuestión de carácter”. Todo esto enlaza con esa poética que José Ángel Valente denominó meditativa o de la meditación [7], utilizada por maestros como Unamuno o Cernuda, y que, en un sano ejercicio de literatura comparada, reuniría, entre otras, la poesía de Manrique, san Juan de la Cruz y el Quevedo metafísico, por parte española, y la de Hölderlin, Leopardi, el Eliot de Four Quartets, Rilke o Zagajewski, por la extranjera. Estoy hablando de una poesía que sería el fruto o la consecuencia de aplicar la conocida fórmula unamuniana de “piensa el sentimiento y siente el pensamiento”, relacionada, según el autor de El Cristo de Velázquez, con la “tradición inglesa”.
Y ya que trae uno a colación sus obsesiones, no estaría de más fijar el foco en otra: la de noción de lugar. En torno, por ejemplo, al concepto de “resistencia íntima”, en feliz expresión del pensador Josep Maria Esquirol, que ha escrito: “la casa, la soledad, es un refugio y una resistencia”. O: “El sentido de la existencia es la intención de claridad y de cobijo” [8].
Formulo para terminar una pregunta retórica: ¿se nota demasiado que uno ejerce de maestro de escuela?




[1] https://www.mecd.gob.es/lectura/pdf/330.pdf
[2] Cuidados paliativos, Pepitas Ed., Logroño, 2017.
[3] Ensayando círculos (1995), Mecánica terrestre (2002), Desde fuera (2008) y Más allá, Tánger (2014).
[4] De la Luna Libros. Colección Luna de Poniente, Mérida, 2013.
[5] L'affaire Moro, Palermo, Sellerio, 1978. Edición española en Tusquets, 2011. Traducción de Juan Manuel Salmerón.
[6] “De la torre de marfil a la torre de control”, Poética y Poesía. Fundación Juan March. Edición no venal, Madrid, 2009.
http://recursos.march.es/culturales/documentos/conferencias/gc729.pdf
[7] En su ensayo “Luis Cernuda y la poesía de la meditación”, publicado por primera vez en 1962, con motivo del homenaje que dedicara al poeta sevillano la revista valenciana La caña gris y que recogió después en su libro Las palabras de la tribu, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 1971. Se da noticia en él de Louis L. Martz, que define este modo de proceder en poesía como “mezcla particular de pasión y pensamiento”.
[8] La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad. Josep Maria Esquirol. Acantilado, Barcelona, 2016.

24.12.17

Navidad 2017

Con esta fotografía de la polaca Zofia Chomętowska, "El deseo. Jakub Chomętowski en el lago Cholcza, Polesie, mayo de 1931", quiero felicitar las Navidades a los lectores de este blog. Y a mi familia, amigos, compañeros... Con mis mejores deseos. 

22.12.17

Desvelos de Victoria León

La Isla de Siltolá cuenta con una colección para los libros de aforismos que lleva, por cierto, ese mismo rótulo. En ella hay incluso una antología editada por el poeta y aforista León Molina, Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016). Ya he dicho alguna vez que no debo ser un buen lector del género. Más por la avalancha, no en vano se ha convertido en moda, que por otra cosa. Desconfío, sí, de este tipo de obras en las que, sin duda, encuentro no pocas veces destellos de inteligencia y hasta de genialidad. Con ese ánimo me enfrenté a Insomnios, de Victoria León (Sevilla, 1981). Su nombre me resultaba, cómo no, conocido. Por sus traducciones (de Wilde, Ruskin, Pepys o Chesterton) y por sus reseñas. Traducciones, a veces, a cuatro manos, con Luis Alberto de Cuenca, del que editó una antología de poemas para Renacimiento. En Clarín, por ejemplo, o recientemente, ya se anotó aquí, en Anáfora.
Aunque en el florilegio de Molina que he citado más arriba ya estaban algunos aforismos suyos (y en Bajo el signo de Atenea, de Manuel Neila), esta es su ópera prima, si bien, como señala el prologuista, Javier Salvago (autor de Hablando solo por la calle, publicado en este misma colección), era fácil sospechar que había una escritora "tímida, pudorosa, secreta" detrás de su labor crítica y de traducción. La califica de "rara", algo que, en el mejor sentido y como elogio, se aprecia mejor después de leer estas sentencias. Subraya Salvago una de ellas: "Todo libro de aforismos tiene algo de tímida autobiografía", algo que viene a justificar que en estas páginas se mezclen la literatura y la vida; caminos, sí, que aquí "no se bifurcan". Como "pesimista moderada", en fin, la define. Desde luego estos pensamientos no son los de una optimista o una ilusa. Si por algo me gustan es por su carga de razón, de sensatez. Por su elegancia intelectual. Por su lucidez y su elocuencia. Por su clasicidad. Porque cita con naturalidad en latín (y no traduce, a la espera de un lector culto), y a Heráclito. Porque abomina de los "fríos" sin que su pasión la delate. Por frases así: "Todo lo verdadero es silencioso", que suscribiría Pablo d'Ors. Por su melancolía: "En el agua de las fuentes antiguas se leen crónicas de la melancolía". O: "A los rincones más secretos de muchos lugares solo se entra por la puerta de la melancolía". Por su tristeza, que es una voz: "Hasta el mayor desalmado puede sentir rabia, miedo, angustia o frustración. Tristeza, en cambio, no. La tristeza no está al alcance de cualquiera". Por su condición de solitaria: "Siempre sentimos en soledad". Por sus realistas reflexiones sobre el amor. Por su ironía, su "debida distancia" y sus gotas de humor. Por sus paradojas. Porque no sobreactúa. Por la poesía, que la delata: "Qué difícil oír lo que dice la lluvia". O: "Los cisnes saben versos de Rubén Darío". Y: "Qué extraña belleza hecha de nada y de silencio encontramos en la nieve".
Al leer, por el tono (que es el estilo), he recordado otro libro de aforismos que comenté en su día, me refiero a Bajas presiones (Trea), de la asturiana Azahara Alonso. No es casualidad que ambas sean mujeres. Alguno de estos aforismos no podría haberlos escrito un hombre. Al menos éste. No hace falta explicar el porqué.
"Hay que vivir hacia dentro para tener algo pertinente que contar fuera", escribe. Se nota. Lo que de vida interior hay aquí, quiero decir. Qué buen principio.

18.12.17

Entre manos

Mosaico de M. Á. Lama
Acabo de enviar a la revista Clarín las reseñas de dos libros la mar de interesantes. Hablo de Viaje por Europa. Correspondencia (1925-1930), del autor de El gatopardo, Giuseppe Tomasi de Lampedusa (Acantilado), y de Antología poética, de la poeta mexicana Rosario Castellanos (Visor). Dos escritores por los que siento debilidad. En El Cultural esperan otras, como la de otro tocho memorable, semejante a los que citaba en mi reciente reseña de Lowell. Me refiero al primer volumen de las Poesías Completas de T. S. Eliot (Visor) en traducción de José Luis Rey. No saldrán tan rápido como si las publicara aquí, pero tendrán más difusión. Ya que menciono al Príncipe de Lampedusa, encima de la mesa casera de novedades aguardan su turno las Historias sicilianas, de Giovanni Verga, que publica con primor La Línea del Horizonte. Y las prosas de Cavafis, en edición de Pedro Bádenas de la Peña (Almuzara); la primera novela (larga) de Álex Chico, Un final para Benjamin Walter (Candaya) y, también en torno al pensador alemán, Experiencia y pobreza, el libro de Vicente Valero sobre su estancia en Ibiza que reedita Periférica; Zambullidas, minificciones de Yolanda Izard (Renacimiento); el Epistolario de Gerardo Diego y Juan Larrea (Residencia de Estudiantes-Fundación G. D.); y Álbum de sombras, de Elías Moro (Eolas), un paseo por la memoria de este corredor de fondo.
Y más lírica: la estupenda antología La poesía del siglo XX en Italia, en edición de Emilio Coco (Visor); Otra vida, de Derek Walcott (Galaxia Gutenberg), en traducción de Luis Ingelmo; el último libro de Luis García Montero, A puerta cerrada (Palabra de Honor); El cuaderno de la guerra (y algunas notas sobre la paz), de Juan Ignacio González (en BajAmar Ed.); la antología de Sara Teasdale (Ravenswood Books Editorial) que ha preparado Hilario Barrero (de la que presentó un adelanto en Clarín); Del fruto que arde, del resistente Luis Llorente (La Garúa); Dibujar una isla, de Verónica Aranda (Los Versos de Cordelia), premio Ciudad de Salamanca; Nadie y la luz, de Màrius Sampere (un libro escrito en castellano por uno de los mejores poetas contemporáneos en lengua catalana), y El emperador de los relojes de agua, del norteamericano Yusef Komunyakaa, ambos en Pre-Textos. Como la Obras Completas de Manuel Padorno de las que ve la luz ahora el segundo tomo. La edición (que se acerca a las dos mil páginas) es de Alejandro González Segura y las palabras preliminares de Jaime Siles y Miguel Casado, respectivamente.
No faltan en esa atiborrada mesa los sutiles aforismos de la filóloga y traductora Victoria León, agrupados en Insomnios (La Isla de Siltolá), su primer libro. Receloso ante el género, que es moda, de esta obra sólo puedo decir bondades. Me está gustando mucho. Hablaremos. También de la editorial sevillana, Juan Lamillar publica Un lugar en el que llueve, ensayos sobre poesía española contemporánea.
Y no faltan revistas, como el número 5 de ventiúnversos (con poemas, entre otros, de José Albí, Antonio Gamoneda, Jordi Doce o Arturo Tendero, que recuerda en "Lectura" a César Simón) y el 12 de anáfora (donde publican versos, entre otros, los extremeños Irene Sánchez Carrón y Antonio Rivero Machina, y donde la citada V. L. traduce poemas de John McCrae junto a Luis Alberto de Cuenca, una feliz colaboración a la que ya estamos acostumbrados). 
Hay más, pero por hoy basta. Serán unas vacaciones lectoras en las que algo habrá que escribir, por ejemplo la reseña de La princesa y la muerte, de Gonzalo Hidalgo Bayal (Tusquets), por encargo de Turia